jueves, 29 de octubre de 2015

Del fin del mundo. From the end of the earth.

Permítanme hacer hoy una digresión nada acertijera para contarles un sucedido personal:

De lo vivido en nuestra infancia guardamos en la memoria varios tipos de recuerdos.

Algunos son cimiento de nuestra personalidad, de nuestro espíritu, y explican por qué nos gustan o disgustan según qué cosas. Están grabados y replicados de forma redundante para no perderse. Raramente manipulados, están ahí, nos hacen ser así y basta. No nos recreamos en ellos, somos ellos.

Otros son recurrentes, se repiten a lo largo de la vida. La edad y la experiencia se afanan en frenar el efecto que puedan causar en nuestro espíritu. Los reinterpretamos, los sometemos a nuestro sistema inmune para sobrevivir, para entender el mundo o para no contradecir a los anteriores.

Por último, nos quedan aquellos recuerdos, no tanto de vida como de sueños fantásticos, deseos y ambiciones que al final no fueron embrión de lo que somos en la adultez. Recuerdos vírgenes de nuestras mejores fantasías, que parecen olvidados. Son aquellos que no comprometen nuestra vida si no llegamos a cumplirlos. Sin embargo ahí quedaron flotando, a la espera de que el consciente decida liberarse de ese prurito de seguro instante de felicidad, haciendo realidad el deseo inconsciente de que ese sueño se cumpla, sea banal o sea grandioso.

Este verano he cumplido uno de estos últimos: Ir a las antípodas.

Ni el África de Tarzán de las sesiones de tarde de los sábados, ni la jungla amazónica de los misioneros del colegio, ni el lejano oeste americano, seducían a mis neuronas hambrientas de misterios y aventura. Salgari, London o Verne, en algún indefinido escenario exótico, me dejaban entrever cómo podrían ser las antípodas. Pero era mi imaginación la más creativa al inventar el mundo lejano, desconocido y necesariamente distinto, boca abajo al otro lado del planeta. Un lugar que, casi seguro, jamás conocería.

La oportunidad de conocer Nueva Zelanda eran tan importante para mí, que tenía que ir acompañado de una liturgia, de una pequeña ceremonia particular de encuentro que simbolizara de forma física el cumplimiento de esa ilusión infantil.

La suerte hizo que uno de los lugares a visitar, en el que además se ofrecía una actividad de ocio, fuera la granja taller de Steven y Robyn Martin, situada en las coordenadas opuestas exactas a mi ciudad y a no mucha distancia de mi casa. Mi teléfono me situó con gran precisión en el lugar de Vigo perfectamente “antipodal” de la granja de Barrytown.

Y aquel lugar “antipodal” en Vigo resultó ser una zona verde donde pude recoger una piedrecita que volaría conmigo al encuentro de la pareja de desconocidos que habitaban, literalmente, a la mayor distancia de mí en el planeta Tierra. 

No me planteé el poco interés que podía despertar a los señores neozelandeses la piedra de un turista llegado de Europa, o el ridículo que podría suponer presentarme como un ser raro venido de otro mundo con una modestísima piedra como regalo a cambio de llevarme otra del lugar para cerrar el círculo. Me daba igual, incluso creo que contaba con que al rato de entregar la piedra, ésta terminaría saliendo por la ventana. No era eso lo importante.

De ahí que la reacción de Steven y Robyn  me sorprendiera. Les gustó la idea, me recibieron como el vecino “de allí abajo”, de justo allí abajo”, que ha decidido saludar y pedir disculpas si es que hace ruido con los tacones… Las disculpas serán recíprocas pues estamos unidos por las suelas, nos separa apenas un planeta de nada.

Ese pequeño acto social, esa visita que cerraba y cumplía un sueño  improbable, mal definido e intrascendente, se hizo transcendente, alegre, feliz.
Al día siguiente lo contaron en el periódico local… y Steven llegó a agradecer la visita en la radio nacional neozelandesa.




Sin ser este blog un periódico ni una radio, es el mejor medio que tengo para  poder contarlo a este otro lado del globo.


Una piedra de su  jardín me acompañó de vuelta. Una joya de una rara aleación: unos buenos ”vecinos” y un sueño infantil cumplido.

We store various types of memories of what we lived in our childhood.

Some of them lie in the foundation of our personality, our spirit; they explain why we like this or dislike that. They are recorded and replicated redundantly so we cannot miss them. Rarely manipulated, they remain there, making us be what we are. It is enough. We do not amuse ourselves with them, we are them.

Other memories are recurring and repeated throughout life. Age and experience strive to curb the effect which may have in our spirit. We reinterpret them; we subdue them to our immune system to survive, to understand the world or to not contradict the first type of memories.

Finally, we have memories, not of life but of fantastic dreams, wishes and ambitions that were not the embryo of the adults we are now. Virgin memories of our best fantasies, that seem forgotten; those that do not compromise our life if we do not fulfil them. They float somewhere however, waiting for the conscious decision of getting rid of that itch of certain moment of happiness, becoming true the unconscious desire of that dream being fulfilled, no matter if banal or great.

This summer I met one of the latter: going to the antipodes.

Neither Tarzan’s Africa in the Saturday afternoon movies, or the Amazon jungle of the missionary school, nor the American Far West, seduced my neurons that were starving of mystery and adventure. In some indefinite exotic place, Salgari, Verne, London would let me caught glimpses of the antipodes. But my imagination was the most creative to invent the distant, unknown and necessarily different world upside down at the other side of the planet. A place that—I was certain—I would never know.

So the opportunity to get to know New Zealand was so important to me that it had to be accompanied by a liturgy, a small private ceremony to physically symbolize the fulfilment of that dream of my childhood.

Luckily, one of the places to visit, where a leisure activity was offered, was the farm workshop of Robyn and Steven Martin, located at the exactly opposite coordinates to my city, not far from my house. My smartphone helped me with high accuracy to find, in Vigo, Spain, the antipodes of that Barrytown farm.

And the "antipodal" place in Vigo turned out to be a green area, where I could pick up a small stone that would fly with me to meet the couple of strangers who lived the farthest possible from me on Earth.

I didn’t think in the lack of interest that those new Zealander lady and gentleman could feel towards a stone from an European tourist, or how ridicule I could be, getting there as a strange visitor from another world, with a modest stone as a gift in return to take another from that place to complete the circle. I did not care; I even thought that my stone would be thrown out of the window a few minutes later. That was not the point.

Hence the reaction of Steven and Robyn surprised me. They liked the idea, I was received as the neighbor “from down there, precisely down there”, that passed by to say hello and apologize if he is making too much noise with his shoes… The apologies would be reciprocal because the soles unite us, just separated by a planet, nothing else.

That little social event, that visit that was fulfilling an improbable, poorly defined and irrelevant dream, became transcendent, cheerful, and happy.

The next day they told the local newspaper—and Steven even thanked the visit in the New Zealand's National Radio.

http://podcast.radionz.co.nz/aft/aft-20150820-1420-roadmap_-_barrytown-00.ogg 
 (33 minutes and a half to 40)

This blog is neither a newspaper nor a radio, but it is the best way I have to tell the story at this side of the globe.

A stone from his garden accompanied me back. A gem of a rare alloy: two good “neighbors” and a child’s dream fulfilled.

4 comentarios:

Claudio Meller dijo...

Genial! Muy original, buscando en antipodr me doy cuenta que para poder hacer lo mismo tendría que bucear en el mar al este de China, entre China y Corea del Sur

-26- dijo...

Pues si que es mala suerte Claudio ya que casi todo tu país tiene antípoda en tierra , cosa que no es muy común en el planeta!!!

Unknown dijo...

Me encanta!! Saludos de tu sobrina desde NYC.

-26- dijo...

Gracias querida sobrina !!

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